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lunes, 31 de octubre de 2016

AVENTURA EN BYRON BAY - ALEJANDRA MUÑOZ - PALABRAS SUBLIMADAS

AVENTURA EN BYRON BAY
por Alejandra Raquel Muñoz
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Una gran variedad de peces de todos los colores y estilos habitaban el mar Australiano en la costa de Byron Bay, una paradisíaca playa a catorce horas de Sidney.
Nadie sabía que yo estaba ahí pero había decidido comenzar mis veintidós años lejos de todo y aislada en lo que capitulé “el fin de semana del silencio”.
Quise hacer mi bautismo en buceo pero no me alcanzaban los días para el curso. Totalmente opuesto a lo que ocurrió un año después en Puerto Pirá­mides, en donde no solo no había curso de bautismo sino que cinco minutos antes de tirarte del bote te explicaban las señas internacionales de ese peculiar deporte.
En fin, la cuestión es que por no poder bucear me conformé con ver la fauna del lugar disfrazada con un equipo de snorkel.
Todo era perfecto, el día, la compañía, el mar calmo, los colores.
Llegamos a una pequeña isla en donde hay más flora para explorar y por ende, mas fauna.
A los afortunados buceadores los largaron en un costado de la isla y al resto diez minutos después nos dejaron flotando en el inmenso mar...¡tan ale­jado de la costa!
Flotaba liviana en esa agua más que transparente y me detenía a ver cada familia de peces que pasaban por ahí. Nadé un poco y una tortuga marina me acompañó hasta que nos reunimos con otras dos amigas más de ella. Eran de contextura mediana, verde oliva y su andar era bastante rápido para ser tortugas.
Cerca de mí estaba una pareja de ingleses que me pedían insistentemente que les sacara fotos porque ellos no tenían máquina acuática.
Disparando fotos por doquier me olvidé del bote, de los ingleses, de la costa, de todo y me fui nadando detrás de unos Nemos que se paseaban muy amistosamente. Tomé conciencia de que me había alejado más allá de lo que nos permitían, pero ya era tarde. Empecé a observar que cambiaba bastante la fauna por aquella zona y todo se volvió un poco más gris. Sin desesperarme saqué mi cabeza del agua y a lo lejos vi al bote. Estaba como a unos ochocientos metros asique me dispuse a nadar para allí, pero sentí casi al unísono con el primer braceo que unos ojos me miraban fijo. Sentía esa mirada como debajo de mí; miré y no vi nada.
Sugestión pensé.
Al cabo de la primer patadita miro fijo abajo del agua, bien profundo y veo dos ojos que me apuntaban fijo. Pestañeé dos veces antes de volver a mirar. Era tan transparente el mar que no hacía falta, pero para mis nervios a esa altura hacían falta unos doscientos pestañeos más.
El cuerpo que traía esos ojos endemoniados, de un gris azulino era de un tiburón de contextura mediana que comenzó a avanzar a gran velocidad hacia mí.
Comenzó mi desesperación. Mientras nadaba como podía, revoleaba el snorkel haciendo señas de rescate.
Por suerte los ingleses se habían acercado y pudieron darse cuenta de lo que pasaba; entonces, más tranquilos ellos, hicieron las señas correspondientes a los guías del bote que a toda velocidad emprendieron el regreso.
Subí a toda prisa al bote y cuando me di vuelta para mirar a mi posible depredador nunca lo encontré.
Por suerte que estaba la pareja de extranjeros para verificar mis hechos.

A lo lejos todavía podía verse el tubo de mi snorkel hundiéndose en el agua.

2 comentarios:

  1. Hermoso cuento, uchas gracias Alejandra Muñoz!

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  2. Agustina en Mayo...un cuento extraordinario, Me permitís que te felicite?? Qué bien logrado!! qué hermoso lo que pudiste hacer con una situación trágica!! Me encantó

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