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lunes, 24 de octubre de 2016

DON IGNACIO - ADRIANA BALOCCHI - PALABRAS SUBLIMADAS

DON IGNACIO
por Adriana Graciela Balocchi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
–¡Están tocando timbre, abran la puerta! – gritó Isabel, mientras sacaba apurada la tercera horneada de empanaditas.
El calor de la cocina la sofocaba. Tenía la mesa repleta de fiambres, panes y canapés.
–¡Chicas, lleven las bandejas para el fondo, que acá está muy pesado! – les había pedido a las hijas, pero ninguna se acercaba a ayudar.
Ellas estaban ocupadas, arreglándose para la ocasión. Vestidos, maqui­llajes, las tres de punta en blanco. No todos los días tenían la oportunidad de lucirse y esa noche era especial, vendría mucha gente a saludar al abuelo, vecinos, hijos, nietos, amigos.
Don Ignacio era muy querido en el barrio, desde que llegó de España siempre vivió ahí. Se casó y tuvo cuatro hijos que, cuando crecieron, hicieron sus familias y se fueron yendo; excepto Manuel, el menor, que se compró una casa en la misma cuadra, para seguir viviendo cerca.
Cuando Don Ignacio enviudó, Manuel lo llevó a vivir con ellos. La nue­ra y las nietas lo adoraban. De más está decir que el abuelo era una persona agradable y fácil de llevar, siempre de buen humor; le gustaba contar, a quien quisiera escucharlo, anécdotas de su juventud, de cuando trabajaba en las minas, allá en Asturias.
Hoy le festejaban sus noventa años, vendría mucha gente. El que acaba­ba de llegar era Vicente, su hermano, el único que le quedaba, había venido manejando un Torino desde Tandil. No se perdería la fiesta por nada, ni él ni Lidia, su mujer.
A medida que llegaban, los invitados iban pasando directamente al patio. Las mesas se habían puesto debajo de la pérgola. La noche estaba serena y fresca y el aroma a jazmines envolvía todo el espacio. Se habían dispuesto sillas para que se sentaran los mayores pero el resto permanecía de pie, todos disfrutando las exquisiteces que se habían preparado y el vino blanco, que mantenían frío en baldes repletos de hielo.
Habían elegido como plato principal una paella gigante. La encargaron al centro vasco porque allí la hacían muy bien y al abuelo le encantaba. La traerían justo a las diez, estaba todo previsto. Cuando llegó la paella, ya todo era algarabía, sonaba la música y la gente conversaba animadamente.
Don Ignacio estaba feliz, se le notaba por los ojitos, que le brillaban con intensidad; además tenía una expresión en el rostro que lo hacía parecer mucho más joven.
Comieron y bebieron hasta que quedaron todos muy satisfechos. Des­pués se armó el baile y se sirvieron los postres y los licores. Ya para entonces hacía rato que el abuelo se había apartado del grupo. Estaba inmerso en sus pensamientos, sentado bajo el tilo, solo, en un banco de cemento, con los ojos cerrados, como adormecido.
Solamente Miguelito, el hijo de uno de los nietos, se acercó a Don Ignacio y se sentó junto a él, en el banco. El viejo parecía no escucharlo, pero el niño lo observaba atento. Una lágrima corría por el rostro arrugado. Miguelito le tomó la mano y le preguntó:
–¿Qué te pasa abuelo? ¿No estás contento con la fiesta o no te gustaron los regalos?
El viejo abrió los ojos, le sonrió y respondió con la voz entrecortada:
–No Miguelito, al contrario, es el cumpleaños más lindo que he tenido en mi vida.
Después cerró los ojos y volvió a quedarse en silencio.
Avanzada la noche, la gente comenzó a retirarse. Los invitados, en lugar de despedirse personalmente del homenajeado, para no despertarlo, le dejaban sus saludos a Manuel, y éste a su vez, complacido por el éxito de la reunión, les agradecía efusivamente el haber asistido.
Al final, cuando se acabó la fiesta, los dueños de casa levantaron las mesas y ordenaron todo tratando de no hacer ruido, no querían sobresaltar al abuelo.

Pero Don Ignacio ya no los oía, se había ido muy lejos.

2 comentarios:

  1. Me encanto por su simpleza y por lo que bien que lo han relatado...era como si lo estuviese viendo eses momento tan esperado y orgulloso de poder vivirlo...gracias, se me caen las làgrimas...besos

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  2. Hermosísimo cuento el de Verónica Ximena!! Qué ternura! Me encantó.

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