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lunes, 17 de octubre de 2016

MIENTRAS VIVAS - PALABRAS SUBLIMADAS

MIENTRAS VIVAS
por Antonella Miari
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
“Distante placer, de una mirada frente a otra, esfumándose...”
Gustavo Cerati
Viernes, 6 am.
Abro los ojos y miro la hora en mi iPhone 6. Lo primero que veo es la imagen de un planeta: Marte, rojo, resplandeciente, sobre un fondo tan negro como infinito. Curiosamente, la primera vez que vi uno de esos aparatitos fue hace exactamente un año atrás, una noche de diciembre de la que sólo parecen quedar sombras. Esa noche él me mostró su nuevo iPhone 6 con aires de suficiencia.
Trato de despejar mi mente de esos recuerdos que mienten un poco, vuelvo a mirar el teléfono y ahí están mis mensajes enviados al dueño de ese primer iPhone 6. Descansan allí desde la noche anterior, a la espera de ser leídos por su destinatario. Quiero dormir, me esfuerzo, pero como suelo decir, algo en la panza no me deja. Me levanto y voy a la cocina. Ciertamente no es hambre lo que tengo sino ganas de salir de ese estado de perturbación anímica. Sin embargo, supongo que una buena dosis de café y alguna galletita me van a traer el alivio que necesito para volver a conciliar el sueño. Busco mi cafetera italiana en la cocina, sobre las hornallas, donde siempre la encuentro. No está allí. Cierto, pienso, hay alguien nuevo en casa que siempre la guarda en el bajo mesada.
Me vuelvo a acostar, con café y galletitas ahora. Mi mirada se dirige al teléfono. Esta vez reflexiono sobre la frase que está en el estado de él: “Ener­gy flows where attention goes”. Se escucha el ruido de la heladera, vibrando enérgicamente. También la respiración fuerte de una nena que duerme en la habitación de al lado, a escasos metros de mí. El departamento tiene eso: pocos metros, pero mucha calidez. Toda aquella de la que me se siento capaz, que de algún modo me define, y por la que también sufro. Quisiera ser más fría, como dice él que tendría que ser, pero esa no soy yo, esa es “la ella” de él.
Se oye también el sonido del tren que se detiene, en un instante silencioso y feroz, en la estación Carranza. Pienso en esa frase de su estado. Hace sesenta días que está ahí, casi el mismo tiempo que hace que nosotros “salimos”. ¿O salíamos? Ya no sé qué le pasa a él, quien con su accionar se parece cada vez más al clima de Buenos Aires, sujeto a intensas variaciones: desde el interés sutil hasta el franco apasionamiento, pasando por el tedio y la extenuación. Desde el “¿Querés ser mi novia?” de aquél no tan lejano 27 de octubre al “sin títulos ni nombres” de mediados de noviembre, pasando por el “tengo miedo de perderte” que le siguió a eso, hasta el “esto no es a largo plazo” del último fin de semana. Él dice ser ajeno a los sentimientos, mantenerlos a raya, “con­trolarlos”, incluso me da lecciones acerca de lo necesario que es tomar dis­tancia de los afectos, que sólo sirven para complicarnos la vida. Sin embargo, yo pienso que nada en él se asemeja a la constancia y, lo sepa o no, él siempre está afectado. Es por eso que toma distancia y que un océano parece abrirse, inevitable y tenaz, entre los dos.
Intento entender, sabiendo íntimamente que eso es imposible. “No se puede entender aquello que nos es ajeno, la empatía no existe” digo para mis adentros. Surgen recuerdos de esos dos meses, de las palabras que él usó, de lo que hizo y escribió, me escribió. Estoy francamente confundida, desorientada. Me pierdo en el silencio. Me duele la ausencia hasta en las articulaciones. Me duele desde siempre, me duelen muchas cosas. Es su ausencia la que me duele ahora.
Le dije lo que me pasa, pero en el fondo me resisto a la posición del re­clamo, a la que él me reenvía con la distancia. Sé que pedir no resuelve sino que aleja.

No puedo volver a dormir, miro de nuevo el teléfono, me levanto, pongo agua a calentar. Quiero tomar mate. Me siento y escribo Mientras vivas... Miro de nuevo el teléfono. Son las 8.04, las molestias no se fueron, el dolor sigue, cer­ca. Él permanece lejos, donde comprendo debiera quedarse, mientras viva, yo.

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