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lunes, 5 de diciembre de 2016

DIPLOMACIA - LILIANA PEREYRA - PALABRAS SUBLIMADAS

DIPLOMACIA
por Liliana Noemí Pereyra
Buenos Aires
Dos continentes, dos países y dos bloques insulares, que muy juntos en el mapa ostentan nombre de mujer, escribieron estos hechos que forman parte de la historia universal.
Comunicado número 283 de la Junta Militar: "Si quieren venir, que ven­gan, les presentaremos batalla". Y una frase bastó para que dos marinas, dos flotas aéreas y dos ejércitos se pusieran en marcha. Recorrieron las aguas, el aire y la tierra con rumbo a los hielos del sur más sur. Un papa peregrino y una Organización de Naciones instaron a deponer las actitudes extremas. Pero una Dama de Hojalata y un Presidente Nefasto se mostraron ensañados. Las tropas continuaron el rumbo. Un rumbo que no parecía llegar a destino. A medida que avanzaban, las islas se alejaban en longitud y latitud. Se separaban una de otra modificando el planisferio. Convirtieron al Estrecho de San Carlos en el Mar de San Carlos y otros accidentes con menos suerte, desaparecieron. Cada ejército seguía la señal que en su radar parpadeaba, sin sospechar que iban tras una isla distinta. Tanto como las flotas avanzaban, el objetivo se alejaba. En el continente las negociaciones estaban trabadas. Los idiomas se tornaron incomprensibles. Ni los más expertos traductores le encontraban significado a las palabras. Los escuadrones despegaban en ese cielo limpio para tareas de reconocimiento, volviendo al portaaviones sin reconocer absolutamente nada. Los submarinos emergían y sumergían sólo por práctica. Cada tanto, fruto del aburrimiento, la imaginación, les traía algún sonido amenazador y lanzaban un misil que harto de recorrer millas detonaba haciendo blanco en la nada. No hacían falta ni héroes ni cobardes.
Una jornada, en la que nadie anotó día ni fecha, el soldadito más raso, el que llevaba de nacimiento cierta limitación intelectual, pero no la suficiente como para eximirse de prestar servicio en esa urgencia de cuerpos para el frente, subió corriendo y resbalando a la plataforma helada del destructor. Extendió los brazos en alto, juntó las manos enguantadas y mirando al cielo mientras la voz se le volvía humo, gritó–¡Se robaron la guerra! ¡Los del más allá! ¡Los extraterrestres se robaron la guerra!
Cuando nada se esperaba, las letras se reordenaron dando sentido a un acuerdo que en tierra se firmó. Poco se dijo. Cada gobierno, desconectado intencionalmente del satélite internacional, por cadena nacional, dio a sus ciudadanos un mensaje similar. “Nuestras fuerzas han resultado vencedoras. Sin embargo, en ejercicio de facultades diplomáticas y en reconocimiento a la buena voluntad de los vencidos, se convino firmar un tratado de división del territorio en litigio”. Siguió un acto de condecoraciones y menciones de honor para los combatientes, que nunca lucharon. Las islas en algún momento recobraron su ubicación en el océano.

Si usted viaja al norte, a un pueblo donde los cerros visten siete colores, un hombre envuelto en una bandera que abrocha en el pecho una medalla, repite a diario la historia de una guerra robada. No le hagan caso – dicen sus paisanos– es excombatiente del sur. No le hagan caso, regresó más desquiciado de lo que se fue.

2 comentarios:

  1. Me encantó. Qué linda manera de contar lo que pudiera haber sido esta triste historia. Felicitaciones Liliana.

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