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lunes, 26 de diciembre de 2016

EL EXTRAÑO CASO DE HERIBERTO MEDINA - PALABRAS SUBLIMADAS

EL EXTRAÑO CASO DE HERIBERTO MEDINA
por Susana Curia
Buenos Aires
Heriberto Medina era un personaje que parecía escapado de algún cuento de Marco Denevi o de Roberto Arlt.
Era rutinario y a la vez extraño. Nadie logró conocerlo profundamente. Quizá y es muy probable, que no daba lugar a un encuentro normal, si enten­demos por normalidad a los usos y costumbres habituales.
Cada mañana se levantaba a las seis y treinta en punto, para lo cual pro­gramaba su despertador a pilas. Alimentaba a su canario, aunque la mascota quería seguir durmiendo. Acto seguido, se acostaba a las seis y cuarenta y cinco.
Una vez más programaba el despertador y a las ocho en punto ya estaba de pie nuevamente.
Vestido para ir a su trabajo, salía a la vereda, iba a la casa de su vecino, tocaba el timbre cuatro veces seguidas, pero se retiraba antes de que el dueño de casa pudiera responder. Podría pensarse en un acuerdo tácito entre el vecino y él, pero en tal caso ¿por qué no llamarlo por teléfono?
De inmediato se dirigía a la parada del colectivo de la línea 152, que lo llevaba hasta Olivos, donde desempeñaba sus tareas... cuáles serían estas es aún una incógnita.
Ya en la parada, dejaba pasar nueve rodados de la misma línea, subía y se sentaba, si es que había alguna posibilidad, en el tercer asiento de la derecha. Si había otro lugar desocupado, permanecía de pie y, descalzo, comenzaba a caminar, empujando y molestando a los pasajeros de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante del colectivo.
No le importaba demasiado si lo miraban, hecho que sucedía, porque tan extraño comportamiento era llamativo. No obstante, nadie le preguntaba por qué hacía esa clase de movimientos en los que los hombros se giraban de un lado al otro para pasar entre la gente que iba de pie.
Transcurrido el tiempo que llevaba su periplo se bajaba del rodado y ca­minaba hasta llegar a la puerta de la empresa en la que ¿trabajaba? y daba tres vueltas alrededor de la manzana mientras cantaba La Traviata en un perfecto italiano, aun cuando sus orígenes eran ibéricos.
A continuación ingresaba a trabajar, luego de marcar la tarjeta de ingreso en Recursos Humanos. Siempre llegaba a las nueve y siete.
Sus actitudes en la oficina eran observadas por los compañeros. Estas eran paralelas a las que venimos contando: Abría el cajón de la derecha, donde guardaba por riguroso orden alfabético, de atrás hacia adelante, los expedien­tes. Extraía siempre el mismo, el octavo, mientras repetía: –Ajá, era como yo decía; –ajá, era como yo decía...y así siete veces.
Los pocos que conocían a Heriberto afirmaban que solía ser un excéntrico estudiante de Ciencias Exactas en la Universidad de Buenos Aires, pero no llegó a recibirse. Tal vez era por eso que tenía la manía de contar cada cosa que hacía, cada paso que daba, cada colectivo que dejaba pasar.
Cuando le traían el café giraba tres veces la taza mientras repetía: –Por fin, por fin, por fin.
Sus compañeros comenzaron a sostener la hipótesis de que este sujeto tenía severos trastornos mentales, aun cuando no desconocían que era el dueño de una inteligencia poco superada por el resto.
Convinieron, sin diagnóstico médico, que se debía tratar de un trastorno obsesivo compulsivo, TOC, como se utiliza para abreviar. Caso contrario, no sabían cómo encasillar el problema de Heriberto.
Al salir de la oficina, lo hacía de espaldas a la puerta. Levantaba ambos brazos y gritaba: –¡Hasta mañana o hasta nunca, jamás se sabe! Esto lo decía una sola vez.
Una mañana no llegó a la oficina. Más tarde, sus compañeros supieron que el centro de salud mental que le pertenecía por la obra social, pasó a ser su nuevo hogar.

No obstante, Heriberto siguió levantándose a las seis y treinta, simulaba que alimentaba a un gato lugareño, y se volvía a acostar a las seis y cuarenta y cinco. Volvía a levantarse a las ocho, sin despertador alguno, tocaba cuatro veces el timbre para llamar a la enfermera, y se escondía; contaba los panes del desayuno y elegía el noveno, aunque le correspondiera a otro compañero y, descalzo, daba cuatro vueltas alrededor de la mesa.

3 comentarios:

  1. Hola Susana. De dónde me conocés? Jaja. Creo que muchos tenemos TICS ó TOCS, aunque no terminemos internados. Felicitaciones!!

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