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lunes, 19 de diciembre de 2016

EL PEDIATRA - HORACIO IGLESIAS - PALABRAS SUBLIMADAS

EL PEDIATRA

 por Horacio Aníbal Iglesias 
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

     El invierno está cercano. Con el tiempo frío, el doctor Máximo Perales tiene mucho trabajo. Los chicos se enferman con facilidad y merecen la mejor atención y cuidado. Ante la menor duda las madres concurren al pediatra. Sobre todo si ese pediatra es un hombre atractivo y seductor como el doctor Perales.
 Una mañana desapacible, con un cielo encapotado amenazando lluvia y mucho viento, debería obligar a todo el mundo a quedarse en casa. Sin embargo la sala de espera del consultorio estaba repleta. El próximo turno es para Patricia y su pequeño hijo Marcelo. Ella viste muy provocativa, para llamar la atención del doctor, y demasiado floja de ropa para la temperatura reinante.
 Laura la recibe con frialdad y la hace pasar.
 –Ay, doctor, mi nene no puede respirar
 –Tranquila vamos a examinarlo.
 El doctor casi ni miró a la madre, que se derretía por dentro, y se dedicó a revisar al nene. Le auscultó el pecho, le dio unos golpecitos, revisó sus extremidades, lo pesó, le tomó la temperatura...
 –No está tan mal su hijo, Patricia. Lo que tiene que hacerle son nebulizaciones con un broncodilatador, acá en la receta le pongo todo, la frecuencia de uso y la droga recomendada. Que no tome frío.
 –Gracias doctor, vuelvo la próxima.
 Así pasaban los minutos y las horas, atendiendo a los pequeños pacientes. Que un catarro, que una gripe estacional, etc. etc. La rutina de todos los días.
 Cuando regresaba a su casa, se encontraba con un grupo de doce a catorce mujeres bailando al compás de la música, justo cuando él buscaba relajarse. Algo de paz, no. No podía gozar de tranquilidad. El volumen del equipo de audio estaba bastante alto y casi ni se escuchaban los diálogos.
 Tomaba un baño e intentaba escuchar la radio para tapar un poco el sonido que provenía de la sala. 
Sin embargo, no censuraba la conducta de su esposa, era su trabajo y la respetaba. Como ella lo respetaba a él.
Todos los días era lo mismo, excepto los jueves. No había clases, y allí Rocío concurría a la peluquería.
 Máximo aprovechaba esas noches para dedicarse a su otra pasión, la lectura, tomaba apuntes de los mejores relatos que, según él, merecían destacarse. Ya había armado una carpeta con todos ellos. Procedían de los mejores autores y de otros no tan conocidos. Él aprendía mucho y gozaba de estas narraciones. Enseñan a vivir, repetía con frecuencia.
 Pero aquel viernes a la tarde, se habían cancelado todos los turnos de gimnasia.
 Rocío se veía nerviosa, nunca había dudado de su esposo. Resignada y melancólica junto a una amiga seguía a su marido a la salida del consultorio.
 Máximo caminaba a paso rápido, pese a que llevaba una mochila cargada. Pasando la mitad de la cuadra, el doctor ingresa por una puerta y desaparece de la vista de sus perseguidoras. Eran las nueve en punto de la noche cuando ingresó al edificio y se quedó allí tres horas y media.
 –¡Te dije que tiene una amante, trabaja en ese lugar de secretaria! ¡No puede ser que todos los viernes venga tarde y vos no te des cuenta, abrí los ojos, querida! –decía la amiga.
 –No lo puedo creer, mi amado esposo con una amante! No lo puedo creer –repetía Rocío.
 Muy angustiada y con lentitud se acercó al edificio. De pronto salió una mujer corriendo con unos papeles en la mano; apenas pudo ocultarse detrás de un enorme ombú a pocos metros de la entrada.
 ¡Doctor, doctor! No se vaya se olvidó los apuntes. Todos han quedado muy conformes esta noche. Qué hermosa leyenda “El origen del calafate”, lo esperamos el próximo viernes.
 –Gracias Clara, por favor dígale a doña Rosa que no olvide su pastilla mañana temprano, apenas se levante. Ella suele tener “lagunas”. El resto de los internos, a Dios gracias están bien, veremos la próxima semana.
 Leyó sobre la arcada “Instituto geriátrico Perales” y más abajo sobre el jardín, una placa de bronce sobre un pedestal que indicaba:
 “Al doctor Máximo Perales al cumplirse el décimo aniversario de su colaboración ininterrumpida y desinteresada. Buenos Aires, octubre de 2009”.

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