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lunes, 29 de mayo de 2017

DIVORCIADOS Por Camento Jurabildo, observador y casi filósofo urbano.




Caminaba “cabizmundo y meditabajo” por Barrancas de Belgrano, me senté frente a la hermosa glorieta, bellamente restaurada con el fin de arrancarme la piel y poder sufrir en privado por el desamor de una mujer llamada Amenábar, el tango que sonaba mientras los porteños bailaban en este espacio, hacía más melancólico el momento. Un sentimiento tanguero afloraba hasta convertirse en lágrimas, al recordar que la bellísima Amenábar, inteligente, simpática, aguda, divertida y una fiera sexual, me había abandonado sin más explicaciones, que las mismas que hubiera dado yo en similar situación:

 -No sos vos, ¡soy yo! No me gustas más y no quiero seguir con vos.

Con esa simpleza, mi ex bella pareja destruía mi corazón en millones de astillas, escombros y pedacitos, lo golpeaba con un garrote imaginario y lo arrojaba a la calle. Tratando de entender que las relaciones sin amor tienen estos costos emocionales; o de cambiar la emoción para entender que no alcanza con razonar y hay que procesar la emoción, aunque duela y ponerla a trabajar a favor de sentirnos bien.

Dos siluetas masculinas se acercaron y, ocultando mis sentimientos con ese pudor que tenemos los tipos, de que nos vean llorando nuestros congéneres, saludé a mis amigos Guillermo y Bernardo. Rápidamente advirtieron mi dolor, con la sensibilidad que tienen los hombres que han crecido modelando la propia imagen de la encarnación de Apolo en la tierra y bajo una caparazón indestructible, descubrieron un día que se habían enamorado de otro hombre. Ambos estuvieron casados con mujeres, e incluso tienen hijos a los que aman profundamente, y aún así y luego de todo lo vivido, decidieron armar parejas gays.

No tuve más alternativa que contarles mis padeceres de amor, o más bien del rechazo sufrido por parte de la bella Amenábar y velozmente reprodujeron una batería de chistes sobre las parejas o matrimonios:

Bernardo aportó concienzudamente:“- Mi esposa se fue la semana pasada con mi mejor amigo. Realmente lo extraño bastante.

-Cuando un hombre te roba la esposa, no hay mejor castigo que dejar que se la quede.

-Los solteros se van al infierno cuando mueran, pero los casados lo pagamos por adelantado.

Guillermo aportó con cara de catedrático entendido: –La diferencia entre un hada y una bruja son veinte años de matrimonio.”

 Y seguían así con la batería de comentarios y obviedades teóricamente divertidas.

Pensé en lo que realmente ocultaban o que se escuchaba a través de sus chistes trillados y les pregunté cómo habían sido sus propios matrimonios. Ambos refirieron historias muy parecidas, una primera etapa de enamoramiento, una segunda de coronación y gloria con la llegada de los hijos, una tercera de molestias mutuas por poca atención de los cónyuges con pérdida del deseo, en uno de los casos con traiciones mutuas entre ambos cónyuges y en el otro con el agregado de la traición con un cuñado y una cuarta e indefectible de separación física y divorcios; por último años de peleas post divorcio con bastante violencia verbal.

Ambos habían pasado por dolorosos momentos, incluso en el caso de Guillermo había sido denunciado por su ex pareja como violento y abusador, que le impidió durante años tener contacto con sus hijos y fue expulsado del hogar conyugal, sin poder revertir esta situación ni ver a sus hijos durante varios años.

Los dos pasaron además del divorcio por procesos penales, Guillermo por abusador y Bernardo por violencia y golpes contra su ex mujer. Debido a que eran inocentes, con el pasaje inexorable del tiempo fueron declarados inocentes, ya que se trataba de maniobras ilegales pero ello logró segregarlos del ámbito familiar con muchísimo dolor, además perdieron todos sus bienes en el proceso, que pasaron a sus ex parejas.

En ambos casos, las ex parejas volvieron a casarse para, en afirmaciones de mis ocasionales acompañantes:

“-Volver a repetir el ciclo del matrimonio para toda la vida, que dura 15 años.”

Definitivamente lograron sacarme de mi pena, parece que el dolor de otro nos pone en una emoción de comprensión o entendimiento de la situación.

Me quedé pensando, si lo que marca nuestra vida no son las cosas que hacemos una vez cada tanto, sino lo que hacemos habitualmente, son pequeños hábitos que nos van construyendo o destruyendo.

Cuando se los manifesté de esa manera a Guillermo y Bernardo, parecieron regodearse como rehenes de sus vanidades y mostrándose como experimentados sabios de las relaciones humanas y parejas. Esa sabiduría experiencial que solo enseña el dolor profundo y las heridas y cicatrices en el alma, en sintonía con esto y casi al unísono, expresaron ideas similares: Bernardo: “-La vida tiene aspectos misteriosos, inexplicables y jorobados. La mejor venganza con esta vida es vivirla plenamente en todas las situaciones de forma creativa y dejando algo valioso”.

Guillermo: “- El tiempo tiene la magia implícita de curar, hoy puedo recordar a mis ex mujer sin que se me inyecten de sangre las venitas de los ojos, me salga vapor sulfuroso de los oídos, ni fuego de la boca por la ira”.


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