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lunes, 19 de junio de 2017

TENGO QUE APRENDER A CERRAR LA BOCA Por Camento Jurabildo, observador y casi filósofo urbano.


La noche fría y lluviosa, daba el marco espectral necesario. La obra para la construcción del Metrobus colaboraba con una suerte de trinchera de destrucción que contrastaba con la magnanimidad del CCK, un lujoso espacio recientemente restaurado como centro cultural y que había sido el Palacio de Correos y Telecomunicaciones. Concurrí con una amiga a ver un espectáculo de tango de la calidad que se puede encontrar en un crucero de lujo o en el mejor teatro de cualquier capital del mundo, potente sonido, luces led de última generación y artistas de primer nivel, en forma gratuita y reservando una entrada por internet en la semana.

Disfrutamos del espectáculo con mi acompañante y al finalizar nos sentamos a compartir una charla amena y distendida en un café, en una emoción de gratitud y alegría por lo compartido.

Hasta que estalló en mi cabeza un ataque de consciencia fatal recordé una publicación que había visto sobre una cámara, en rigor una habitación lujosa, de alrededor de cuatrocientos metros cuadrados, revestida totalmente en molduras y esculturas de Ambar.

Las emociones de la conversación giraron hacia la ansiedad, el descontento, la molestia y fue casi destructivo, cuando no pude evitar comparar el CCK con la Cámara de ámbar. Lujos y calidad artística gratuitos en un país con treinta por ciento de pobreza y económicamente detenido en el tiempo desde hace varios años, sin productividad, con impuestos terribles y calidad institucional muy baja. La cámara de ámbar fue obsequiada a los zares por los alemanes, previo a la Revolución Rusa y recuperada por los nazis para perderla nuevamente en un bombardeo sobre Koningsberg y posteriormente vuelta a restaurar.

La relación con mi amiga y cualquier probable actividad posterior, fue directamente destruida cuando en un ataque feroz de consciencia cívica, dije: “El nazismo no comienza con las cámaras de gas, comienza con dividir al mundo entre ustedes y nosotros; los buenos y los malos, sigue con intolerancia y odio y termina cuando la gente pierde la sensibilidad y el cuidado por el otro enceguecidos o  simplemente no validando a los demás. Como ocurre en todos los populismos, históricos y actuales.”

Mi ocasional amiga estaba a punto de huir despavorida, si en algún momento tuvo la ilusión de pasar una noche agradable y divertida, mi ataque letal de ecuanimidad y humanismo, le estaba quitando toda la magia a ese momento. La inutilidad de persistir en dos emociones nada motivantes, la culpabilidad y la preocupación, definitivamente no hacían nada por seducir a nadie, ni por el disfrute posterior de lo que habíamos compartido en el espectáculo.

No podía parar de recordar datos e imágenes que surgían de lo vivido en los últimos días y agregué: “En Ciudad Caótica ya viven más personas mayores de 65 años, que de chicos, lo que hace que la población longeva con baja calidad de vida,  se convierta en un obstáculo para la población de menores en donde también el estado tienen un rol fundamental de cuidado, por la manera en que se han ido armando las políticas populistas” 

De repente mi amiga dijo: “Dejá, gracias, me tomo un taxi”. Mientras se incorporaba y reunía su abrigo y pertenencias

Me quedé pensando en la imagen de unos chiquitos que habían subido hace unos días al subte, y cuando digo chiquitos no hablo de la cantidad de años, sino de la cantidad de costillas que les conté sobre la piel desnuda, hablo de unos deditos descalzos sobre el piso frío, hablo de pelos pegoteados por mocos y mugre.

Ya arruinada la noche de  placer, arrojé a la fogata de los pensamientos inútiles y ataques de consciencia: “Los grandes líderes se conforman en soluciones, cuando logran sacar la mirada de sí mismos para ponerla en los demás. Una mirada colectiva y sistémica, que nos valide a todos”

Solo pude ver una bufanda, una boina y un abrigo que escapaban por la puerta de la cafetería y se sumergían en las trincheras embarradas de la obra del Metrobus.

Pagar la cuenta y pensar en un efecto como si se tratara de un cáncer positivo, fue como un acto reflejo. Una pequeña idea inoculada desde mi cerebro, que se multiplicara exponencialmente y en forma beneficiosa por todo el cuerpo, llegando a emociones positivas y multiplicadoras de posibilidades. Compartida con el frío, la lluvia y  la soledad, aunque tarde para esta ocasión y mientras caminaba, recordé palabras sabias de Oscar Wilde. “La mejor manera de librarse de una tentación, es caer en ella”.


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