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jueves, 24 de agosto de 2017

EN LOS COMIENZOS SE PACTAN LOS FINALES Por Camento Jurabildo, observador y casi filósofo urbano.

Asistí al sepelio de Leandro, un amigo que partía. Murió temprano porque, en mi juicio y tal vez en sus propias palabras: “Si la vida es horrible, lo será el final” y  su vida había sido conflictiva, su forma de comunicarse siempre fue agresiva y despectiva con los que no pensábamos como él y esto se traducía, no solamente en sentirse poco querido, sino que se advertía en la insignificante  asistencia de conocidos o, tal vez amigos, que lo acompañaba en este momento.

Su pulmón colapsó embebido en nicotina y alquitrán y por la emoción negativa de la tristeza y la necesidad de seguir sosteniendo, quien sabe que ideales  revolucionarios, violentos, antidemocráticos, antirrepublicanos y nostálgicos de los setentas en la nación de la abundancia, el asistencialismo estatal y las contradicciones, que le tocó vivir.

Tal vez y solo tal vez, la única excepción al maltrato que le propinaba a sus conocidos y relaciones haya sido yo, me decía: “Camento, siento que con vos puedo hablar de lo que quiero y, aunque vayas a disentir podremos mantener una conversación productiva”.

Nunca se lo dije, pero estoy convencido, que la gente reacciona a como es tratada, tanto sea por lo que le decimos, como por lo que ven en nuestra corporalidad y emoción en el momento de vincularnos.

Yo sentía que él me trataba respetuosamente, puedo acordar que como excepción, por lo que vi del maltrato hacia otras personas y me sentía cómodo. A pesar de sus formas despectivas con quien lo quería, era una persona inteligente y razonable, aunque tal vez un poco fanática de sus posturas políticas de revolucionario, que se ve a sí mismo como bajando de la Sierra Maestra con Fidel y el Che,  en donde no se sentía capaz de aceptar el disenso y la contradicción, aunque vivía como un burgués añorando con nostalgia los años ´70.

En una oportunidad, me encontraba dispuesto a mostrarle miradas diferentes y tal vez superadoras de su condición fanática y profundo convencimiento y le dije: “Vibramos en la misma sintonía o en la misma frecuencia energética que atraemos” y me contestó simple, llana y claramente; “Dejate de pelotudeces, los únicos vibradores que conozco son para metérselos en el orto”.

Traté de razonar con él, buscando una inexistente flexibilidad y apertura, diciéndole: “Estas son tus habituales respuestas agresivas que te distancian de la gente, cuando quieras que conversemos respetuosa y razonablemente, nos juntamos”.

Me vi flotando entre el refute y la amenaza, mientras Leandro inmediatamente se disculpaba y me decía que me quedara, que le gustaba conversar conmigo. Procurando mostrarle lo que lo separaba de mundo desde su postura corporal y comunicación, le comenté que había leído un artículo en donde sostenían que se había distinguido una hormona que juega un rol crucial en el establecimiento, e inclusive en el mantenimiento de lazos afectivos. Se trata de la oxitocina, una hormona que libera el cerebro en la interacción con los afectos. Distintos estudios habían demostrado que la oxitocina impactaba en el aumento de la confianza en los demás, el contacto visual y la empatía, mejorando algunos mecanismos clave en la interacción social.

Su reacción fue desproporcionaba y extemporánea: “¿Te la comés boludo? ¿Qué estás leyendo?“, me preguntó, mientras bajaba el trago de whisky con tabaco negro y giraba hacia los temas en donde le resultaba más fácil confrontar, religión, futbol y política. Peronista, de Boca y domado antisemita, no por convicción, sino debido a que las sociedades han acordado una mirada sobre los totalitarismos y dictaduras asesinas en el mundo, lo que no le impedía justificar con miles de argumentos positivos a los populismos y socialismos latinoamericanos y a los totalitarismos de los estados religiosos musulmanes. En todos los casos su lucha verbal era un duelo encarnizado, carente de escuchas y solo trataba de imponer sus argumentos extremos. Mostraba como evidencias y argumentos justificables, el ataque de oscuros poderes e intereses que se valían de los desprotegidos del mundo, que mi encarnizado interlocutor, ayudaba y creía proteger a través de su retórica fanática, como si se tratara de un “X-men” mutante con una afilada lengua y una verba encendida y combustible.

De cualquier forma, lográbamos tener algunas conversaciones interesantes y Leandro me despertaba cierto cariño, tal vez por lo combativo que yo no era. Nunca le dije lo que pensaba respecto a los que critican a los demás porque su respuesta hubiera sido análoga y tengo para mí esta frase: “Quien habla de otro en realidad se está confesando”, ve en los demás las actitudes que critica de sí mismo. Tampoco le conté que todas las mañanas, me levanto pensando: ¿Que voy a crear hoy? ¿Qué quiero que pase hoy en mi vida? Las respondo desde la más absoluta liviandad y trato de hacerlo creativamente. Estoy convencido que una persona de pensamiento libre, alineada con sus objetivos, es un ser humano íntegro y logrará ver el camino libre de tortuosos pensamientos, para llegar a sus objetivos y metas.

En la última conversación que mantuvimos antes de su colapso pulmonar,  pudimos coincidir con matices, sobre el viejo dilema de la libertad dirigida o condicionada por la publicidad sobre el consumo “¿los consumidores hacen lo que la  publicidad dice?” “¿Qué hacer con tanta libertad, en los países económicamente más libres, sino se les antepone el objetivo de consumir?”  Y sobre los adolescentes, jóvenes y también mayores van a pasear a un shopping o a un mall, en lugar de espacios abiertos en la naturaleza o espectáculos libres y gratuitos que tiene Ciudad Caótica.

El sonido insistente de una campanilla, marcó el fin de la ceremonia de despedida de mi combativo amigo, me trajo de regreso al presente que transcurría lento y bizarro en la capilla del cementerio, pensé en cómo me gustaría ser despedido de este mundo; una persona como yo, libre de creencias religiosas, políticas o sociales, y me dije a mi mismo, como si se tratara de una declaración de principios: “Cuando muera quiero trascender a un plano superior espiritual, un lugar abordado por la sabiduría con ningún tipo de connotación de paraíso o Nirvana, solamente la acumulación de la sabiduría del mundo. No quiero ser enterrado, los espacios cerrados son para mí, como las mentes sin cultivar, en donde únicamente se ve y percibe ignorancia, fanatismos, autoritarismos y violencia. Quiero ser quemado en una pira sobre un bote y que mientras las llamas ardan, se pierda en el mar, como en las viejas tradiciones Celtas,  en una suerte de funeral vikingo”.


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