Buscar este blog

miércoles, 2 de agosto de 2017

VISITA A CASA DE MIS PADRES Por Camento Jurabildo, observador y casi filósofo urbano.


Recibí de mis padres, a los diecisiete años cuando terminé el colegio un colgante o relicario de oro que probablemente tenía más que ver con la estética de ellos que con la mía, era sumamente valioso por ser de ese material, y por ello imposible de usar.

Tuve la sensación de que me regalaban un pequeño, “antipráctico” y horrible presente, que se relacionaba más con la emoción que ellos habían puesto en el objeto, que conmigo.

Cuando finalicé mis estudios superiores y universitarios, volví a recibir otro colgante, collar o grillete (así lo sentía) similar, que agradecí  pomposamente mientras pensaba que, habiendo tantos errores nuevos por cometer, qué necesidad había de volver a cometer los mismos. Del mismo modo que con el anterior regalo, tenía la precaución de usarlo cuando visitaba a mis padres.

Esas visitas debían cumplir un protocolo, que juzgo más complicado que pedir una entrevista con el presidente de cualquier país. Generalmente se iniciaban con el disparador de alguna fecha como cumpleaños de mis padres, de mis hijos o mío o cualquiera de las fechas, que las costumbres judeo cristianas de nuestra sociedad, marcan o determinan que las familias deben reunirse. Continuaban con un interminable tráfico de llamadas y mensajes en los contestadores, antes de que la tecnología hiciera más ágiles las comunicaciones y siguieron de la misma manera después de mejorar la tecnología.

Era complicado acordar actividades, menús, horarios y asistentes: “Si traes a tu pareja, yo no voy, es una trola”, sostenía alguno de mis hermanos,  “Ok, no traigas a la tuya, también es una trola”,  le respondía otro.

Asumiendo su parte y elección, “Yo no como pastas porque me estoy cuidando”, decía otro de mis hermanos, con ambas manos ocupadas por dos medialunas.

“En ese horario tengo partido, juntémonos a la noche”, comentaba otro.  Y así, continuábamos intercambiando, y ocasionalmente polemizando hasta que lográbamos acordar. Los sobrinos y nietos eran los únicos que contaban con impunidad para hacer lo que se les ocurriera en estas reuniones, a la que todos llegábamos agotados de tanto debatir.

Ese día, no olvidaba colgarme mis valiosos regalos del cuello y marchaba para la casa de mis padres, procurando no demorar ni cinco minutos de la hora pactada o sería interpelado por mi madre: “¿Estás lejos?, ¿te falta mucho?, ¡te estamos esperando!”.

Tocaba el timbre, me abrían, abrazo a papá y beso a mamá; ambos mirando si portaba mis valiosos colgantes. Recordaba utilizar los “patines” para no rayar el parquet, que a esta altura contaba con cincuenta años de buena salud y encerada superficie. Siempre pensé que la extinción de los hidrocarburos en el planeta estaba altamente influenciada por las cantidades de cera del parquet de la casa de mis padres

Nos sentábamos en los pesados sillones tapizados en terciopelo bordó y bordes dorados y éramos interrogados sobre como andábamos:

 -¿Todo bien? Preguntaba mi padre.

-Sí, todo bien. Respondíamos.

Allí bebíamos y comíamos una picada, luego pasábamos al comedor, éste espacio estaba dominado por pesados muebles de madera tallada y decorada con marquetería de colores e inserciones de nácar y otras piedras; pesados relojes de péndulo con muebles de pie; por el olor a cera del parquet y el suave sonido de los “patines” de tela deslizándose. Nuestros hijos los utilizaban para deslizarse en carretilla y de panza al piso entre ellos. Además de resultarles muy divertido a los más chiquitos de nuestra familia, tener que movernos sobre los pedazos de tela gruesa, que habían estado en esa casa con marcial obligatoriedad de uso.

En una de esas visitas, registré la mirada karmática que los grandes y particularmente yo, le dábamos a la visita, en cambio los niños con la infinita sabiduría que les permite el no traer mochilas y creencias puestas como un soporte magnético en el cerebro, les permitía divertirse en donde sólo había pesadez y mal humor. Tal vez la visión despojada de un niño cambiaría todo, aunque nada cambiara.


Pude observar que romper con los viejos paradigmas en los que fuimos educados y lograr miradas más positivas y optimistas de las situaciones, nos habilitaban una liviandad y placer diferentes al casi sufrimiento que significaba organizar una reunión familiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario